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17 de diciembre de 2013

Vergüenza e indignación

Vergüenza e indignación es lo que siente uno ante el estado de cosas actual en nuestro país. Parece que ya tenemos que acostumbrarnos y asumir los constantes recortes en nuestros derechos, en nuestros sueldos, en nuestras pensiones o en nuestros años de jubilación, que tenemos que pagar cada vez más por educar a nuestros hijos, por enfermar o por acudir a la justicia en busca de un amparo que se pretende negarnos con unas tasas coactivas. Está uno harto de políticos corruptos mires donde mires, de sobres que circulan llenos de dinero, de contratos adjudicados a dedo a empresas amigas, de sobornos de empresas a políticos, de expolíticos curiosamente reconvertidos en consejeros de empresas a las que favorecieron mientras estuvieron en el poder… Hartos de líderes políticos que no dan la cara, de ruedas de prensa sin derecho a preguntas (¡¿por qué siguen acudiendo los periodistas a esas pantomimas?! ¡plantón general ya!), de comparecencias públicas por pantalla de plasma… Hartos de ver cómo, mientras aumenta el número de personas que viven bajo el umbral de la pobreza, suben también las grandes fortunas, consecuencia lógica de exprimir al pueblo para salvar los negocios mal gestionados de los poderosos, los que nunca pierden… Hartos. Estamos hartos.

Y cuando unos cuantos indignados deciden echarse a la calle para decir basta ya, para denunciar los desahucios de familias condenadas a la indigencia, para manifestarse frente a nuestros supuestos representantes públicos para demostrarles nuestro desacuerdo con su gestión… cuando unos cuantos deciden alzar la voz y hacer público el callado descontento general, entonces la reacción es intentar aplastar esas protestas. Se han quitado la careta. Ya no se trata de una diferente ideología política, de unas diferentes teorías económicas, incluso de una diferente afinidad hacia unos u otros grupos (la gran patronal y la iglesia, fundamentalmente): con el anteproyecto de ley de seguridad ciudadana presentada en el Congreso a finales del mes pasado, han salido a la luz los instintos más represivos que habíamos visto en democracia, desde los tiempos de Franco. Y no lo digo yo: lo dicen los jueces. Si el pueblo protesta, callemos al pueblo.

No les bastó con llamar perroflautas a las decenas de millares de ciudadanos indignados que se echaron a la calle hace algunos años, el famoso 15-M: ahora por ley se prohíbe que concentraciones de esa clase puedan volver a repetirse. Cuando en 1989 los indignados chinos ocuparon la plaza de Tiananmen, se les desalojó con tanques; ahora el gobierno español también compra tanques de chorro de agua para disolver manifestaciones de este tipo, argumentando “el clima social”. Parece que las manifestaciones pacíficas asustan al gobierno. Me vienen a la mente imágenes de los años 70 en Madrid, con los grises corriendo tras los estudiantes, o de soldados persiguiendo a jóvenes en Santiago de Chile. No se consideraron necesarios estos medios en su día contra la Kale borroka, pero sí ahora cuando ciudadanos pacíficos osan criticar la labor del gobierno. La libertad de expresión nunca ha gustado en ciertos sectores.



Concentrarse ante el Congreso, el Senado u otras instituciones públicas, estatales o autonómicas, estará ahora también prohibido y fuertemente penado. Lógico: si no se quieren ver protestas, menos aún delante de ti. Igualmente prohibidos quedan los “escraches” pacíficos, el derecho básico del pueblo de decirle a sus representantes públicos (repito, PÚBLICOS, con todo lo que implica, y para lo cual se les paga) lo que se piensa de ellos (claro, el error es pensar…). ¿Democracia? Ni siquiera en tiempos de un reaccionario radical como Bush-hijo se dejaron de ver en los Estados Unidos esas manifestaciones ante la Casa Blanca que a menudo aparecen en los telediarios. Memorables son también las masivas concentraciones delante del Congreso norteamericano en contra de la guerra de Vietnam, en los 70, aunque la tradición continúa hoy. Aquí no: eso, aquí, será delito. ¿Democracia? ¿Libertad de expresión? ¡Ja!




Se prohíbe también grabar a los agentes de la autoridad en acto de servicio. Se acabó esa práctica tan molesta de grabar las acciones represivas. ¡Dónde vamos a llegar, cuando unos mossos catalanes son llevados al banquillo por la grabación de un ciudadano mostrando una brutal paliza que terminó en muerte! ¡Dónde vamos a llegar, si los antidisturbios no pueden hincharse a hostias contra esos perroflautas de mierda, que es lo que se merecen, por temor a que algún periodista o algún ciudadano con su móvil lo grabe y luego lo denuncie ante algún juezucho rojo! Prohibido grabar y punto. Volviendo al ejemplo anterior, pocos países tienen policías tan represivas, y tan dispuestas a tirar de gatillo, como los Estados Unidos; pero allí no se han atrevido a ir contra la libertad de expresión y la libertad de prensa, allí ni siquiera se cuestiona que los periodistas sigan a los policías grabando sus actuaciones desde helicóptero, como la Guardia Civil de tráfico. Allí la simple mención de intentar prohibir eso causaría un escándalo sin precedentes. Aquí no. De nuevo… ¿democracia? ¿Libertad de expresión? ¡Ja!

No es eso todo: multas superiores a algunas de las que se imponen por delitos como los relacionados con la venta de drogas serán ahora impuestas por manifestarse sin permiso o por insultar a un cargo público. Los delitos de injurias o de “ofensas a España” vuelven a adquirir una notoriedad que no veíamos desde el franquismo, cuando cualquier intento de crítica debía mantenerse en la intimidad, en voz baja y mirando a tu alrededor por si te oía alguien.

El estado policial, que tanto parecen anhelar, se impone: la palabra de un funcionario policial será ley. No harán falta pruebas para sancionar con multas que pueden llegar hasta los 600.000 euros: si el policía acusa de algo a un ciudadano, será responsabilidad del ciudadano probar que no es cierto. La presunción de inocencia se sustituye por la presunción de culpabilidad. Si el ciudadano quiere ejercer su derecho a demostrar su inocencia (ya decimos que la culpabilidad ahora se le presupone, como ciudadano de mierda que es), tendrá que intentar acceder al sistema judicial previo pago de las correspondientes tasas desincentivantes. ¿Democracia? Un insulto a la democracia, eso es lo que es.

Prohibición de instalar tenderetes para recogidas de firmas, sanciones por colgar pancartas, la no exigencia de mostrar el número identificativo de los agentes del orden (volvemos a eso tan típico de las películas americanas de apuntar el número de placa del agente que se sobrepasa en sus funciones… aquí serán anónimos, son ellos los que pueden identificarte a ti siempre que quieran, no al revés), etc, etc, etc. ¿Decía en el título “vergüenza e indignación”? Me quedo corto.

Pero no pasa nada. La ley saldrá adelante, como todo lo demás. Y nos callaremos, salvo cuatro gatos a los que ahora intentarán amordazar mediante estas prácticas sancionadas por ley. Y, pese a todo, seguiremos votándoles. Como en Valencia, sin ir más lejos, donde un presidente corrupto, al que todos hemos oído conversaciones grabadas con su “amiguito del alma” de la Gürtel, vuelve a salir con mayoría absoluta. Tenemos lo que nos merecemos. No sé de qué nos extrañamos. En realidad, estamos diciendo lo contrario: dame, dame más, que me gusta.

Así nos va.

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¿Alguien cree que exagero? Podéis leer los detalles en este informe del magistrado Carlos H. Preciado, de Jueces para la Democracia, cuyo título lo dice todo (Anteproyecto de ley de represión ciudadana)

Aunque recomiendo leer con detenimiento el informe anterior, si, como es demasiado habitual en estos días de las microfrases por whatsapp y twitter, no os apetece leer tanto (ya me doy por contento si habéis llegado hasta aquí), podéis leer otros análisis sobre el tema en diferentes artículos de prensa:

Neofranquismo

10 de enero de 2013

El timo de las bombillas de bajo consumo


Estoy hasta los mismísimos de las bombillas de bajo consumo. Sí, esas que se supone que nos iban a hacer ahorrar dinero a través de un menor consumo eléctrico y a reducir las emisiones contaminantes por la misma razón. Y lo cierto es que ni una cosa ni otra, el resultado está siendo exactamente el contrario en ambos casos.

La razón está en la obsolescencia programada, que si bien la sufrimos en casi todos los ámbitos, en este tipo de bombillas es de juzgado de guardia. Me refiero a esa práctica industrial por la cual los artículos se estropean de forma programada y artificiosa al cabo de un cierto tiempo de uso, para obligarnos a comprar otro. En el caso de muchas de estas bombillas (no puedo decir que todas, pero mi experiencia con varias marcas es penosa), el resultado podría ser incluso denunciable, ya que parece vulnerar la ley. Me explico:

Hace ya tiempo que me daba la impresión de que las bombillas de mi cocina duraban muy poco. Se trata de unas bombillas de bajo consumo con un casquillo especial (no es casquillo en realidad, sino un conector a presión). Al principio sólo las encontraba de marca (Philips, en concreto), que costaban una pasta (más de 7 €/unidad), y prácticamente las cambiaba cada año o poco más; luego encontré otras más baratas, a 3€, pero me parecía que duraban aún menos. Así que decidí comparar duraciones a ver si existía una diferencia real, y en ese caso, si compensaba la diferencia en precio.

Así que hace un par de años comencé un experimento: cada vez que ponía una de esas bombillas, apuntaba en su base con rotulador la fecha de inicio, y cuando se fundía, la guardaba apuntando también la fecha de “muerte”. Probé con bombillas Philips (caras) y “nisu” (baratas). Y ahora, tras la muerte de 2 bombillas baratas y una cara, tengo las primeras conclusiones (vale, no es un muestreo estadísticamente óptimo, pero tampoco voy a montar un laboratorio en casa para esto, y a mí como muestra me vale).

Las bombillas baratas habían durado muy poco, y con mucha dispersión: una había muerto a los 9 meses, y otra a los 14; con esa dispersión y sólo dos bombillas, es difícil sacar una media realista, pero pongamos que su vida media anda por los 11-12 meses. Pero la sorpresa vino con la bombilla de marca, la Philips cara: murió a los 17 meses, poco más que una de las baratas, y costó más del doble.

Pero el cabreo no viene sólo por el hecho de que no se pueda uno fiar de que lo más caro compensa (ya sabemos que muchas veces pagamos la marca sin que exista mejora real en calidad), sino que todas estas bombillas indican en su caja una duración mínima de 8000 horas, de acuerdo a no sé qué norma estatal (no tengo la caja delante ahora). Lo cual en mi caso es rotundamente falso, y por eso decía que puede que se esté incluso vulnerando la ley.

Cojamos el caso de la bombilla que más ha durado, 17 meses (en las otras sería aún más flagrante). Están en una cocina, en la que sólo cocinamos y desayunamos (no comemos ni cenamos). No he medido las horas de encendido diario, pero son lógicamente pocas. Aún así tiremos por lo alto, muy por lo alto: pongamos que las enciendo 5 horas diarias (casi viviría allí, pero bueno… que no se diga…). Tampoco cuento los periodos de vacaciones, en que no se encienden durante semanas, etc. Da igual. 17 meses a 5 exageradas horas diarias de uso, son unas 2500 horas de duración. Y la ley, según se indica en la caja, marca una duración mínima de 8000 horas. Y esto para la Philips…

Puede que alguno esté siendo algo crítico con lo dicho arriba… sí, seguramente mis bombillas durasen más horas en un encendido continuo que en el uso habitual que le doy de múltiples encendidos. ¿Cumplirían las 8000 horas establecidas por ley en un ensayo continuo en laboratorio? Lo ignoro. Pero eso sólo significaría, de ser así, que en realidad no infringen la ley. Pero la tomadura de pelo al consumidor y al medio ambiente sigue siendo la misma, ya que, en la vida real, las luces se encienden y se apagan, y la duración que importa es la que se da en su uso real, no en un ensayo de laboratorio.

Y vuelvo a lo que decía al principio: se suponía que este tipo de bombillas ahorraban dinero al consumidor, y emisiones al medio ambiente. La realidad es que ahora desembolso un pastón por cada bombilla cada poco más de un año (antes duraban bastante más y eran mucho más baratas), que apenas compensa económicamente el ahorro de unos pocos vatios (echando cuentas, sale uno prácticamente comido por servido). En cuanto a emisiones, si bien se consume menos electricidad en su uso, se consume mucha más (y se producen más desechos) al tener que producir muchas más bombillas dada su corta vida; además, los residuos son mucho más contaminantes que en el caso de las incandescentes. Vamos, que en ambos casos, hacemos un pan como unas hostias, como diría mi madre. Nos han jodido bien, al bolsillo y al medio ambiente.

¿Es esta corta duración inevitable en este tipo de bombillas? Me atrevería a asegurar que no. Cuando comenzaron a comercializarse las primeras bombillas de bajo consumo, que se anunciaban con una duración casi eterna, esto era bastante cierto. Compré una hace 16 años (lo sé porque fue para mi primera casa); fue mucho más cara que las actuales, y es bastante monstruosa en peso y tamaño. Pero ha funcionado durante unos 12 años en una ubicación con muchísimo más uso que las de la cocina, sin fallar; al final la cambié para poner otra menos voluminosa y de encendido más rápido, pero no porque hubiera fallado. Sí, supongo que cuando las lanzaron les interesaba ofrecer un producto mejor que las bombillas incandescentes; ahora ya no hace falta, y se echa mano de la obsolescencia programada para ganar más jodiéndonos a todos.

Os recomiendo fervientemente que veáis el  documental “Comprar, tirar, comprar” sobre obsolescencia programada, un magnífico trabajo de investigación coproducido por RTVE que abre los ojos, impresiona e indigna. Realmente merece la pena, aunque eso sí, seguramente terminaréis cabreados…

(El que no tenga tiempo o ganas de ver el documental, puede leer algo sobre el contenido del mismo en el link anterior, y también en la wikipedia)

19 de noviembre de 2012

Por la sanidad pública



En el actual contexto de profunda crisis y drásticos recortes, todos los servicios sociales están siendo seriamente dañados, pero hay dos cuyo mantenimiento es crítico para nuestra sociedad: la enseñanza y la sanidad.

Hace 2-3 años, entre 2009 y 2010, la administración Obama se fijaba en la sanidad española como modelo a seguir. “En un país donde la sanidad se compra y se vende, un lugar inmenso en el que es posible morir por no poder pagar la cama de un hospital”, según decía El Mundo haciéndose eco de la noticia, la sanidad pública española aparecía como modelo a seguir por su universalidad, eficacia e incluso eficiencia económica.

Y ahora, sólo 2 años después, comienza el desmantelamiento de un sistema efectivo y eficiente, en el que se ha fijado la mayor potencia mundial, para comenzar un proceso de privatización que aspira a copiar justamente el sistema que allí se quiere cambiar. Un sistema que hace sólo dos años era destacado incluso por su eficiencia económica, ahora se dice que debe cambiarse “para su sostenibilidad”. Cambiar lo que funciona para copiar lo que no funciona es de gilipollas, pero decir que lo que hace 2 años era económicamente eficiente es ahora insostenible, es tomarnos por gilipollas a los demás. 

24 de octubre de 2012

Incultura y superstición


Creía estar curado de espanto, pero en ocasiones aún no dejo de sorprenderme del nivel de incultura y absurda superstición que aún abunda entre gran número de personas de nuestra sociedad. Y no hablo precisamente de los estamentos más bajos, que puedan tener un nivel cultural más pobre…

Leo hoy por casualidad que una presentadora de RTVE, Mariló Montero, manifestaba ayer en antena su angustia ante la posibilidad de pensar que los órganos de un asesino que se suicidó al ser rodeado por la policía pudieran ser utilizados para trasplantes. Y es que, según ella, “nunca se sabe si ese alma está también transplantada en ese órgano”. Toma ya.

Ahora resulta que si te trasplantan el corazón, el hígado o el riñón de un asesino, a lo mejor empiezas a ir matando gente por ahí. O por lo menos le pones la zancadilla a las viejecitas mientras cruzan la calle, o algo… En fin, supongo que no es tan raro, si otros piensan que tener cerca algún trozo reseco del cadáver de alguien a quien hayan declarado santo, les va a beneficiar en algo… Supongo que son dos caras de la misma moneda. Absurda superstición que parece increíble que pueda aún tener cabida en nuestra sociedad.

No sé, a lo mejor si de esta presentadora dependiera, para poder donar órganos habría que presentar un certificado de buena conducta, o una declaración del cura de tu parroquia diciendo que eres “buena persona”. La verdad, cuando hay tantas personas cuya vida o muerte depende de una donación, declaraciones como la de esta mujer me parece que ya pasan de la estupidez para caer en la inmoralidad.

No lo puedo evitar, los niveles de estupidez en los que estamos inmersos todavía no dejan de sorprenderme.

11 de octubre de 2012

El timo del envase ahorro


No sé si os habéis dado cuenta, pero a mí me cabrea bastante esto del “envase ahorro”. Ya sabéis, esos productos en tamaño grande al que le plantan la etiqueta de “envase ahorro”, “pack familiar” o algo similar, sin especificar para quién es el ahorro. Claro, uno piensa que quien ahorra es el comprador… Craso error.

Os animo a hacer números: en la mayor parte de los casos, el ahorro es para el fabricante, que no sólo se ahorra costes de envasado y distribución, sino que encima aprovecha para subirle el precio al producto. ¿Sorprendidos? Repito: haced números la próxima vez que vayáis al supermercado.

Da igual de lo que hablemos: pan de molde, detergente, papel higiénico, crema de manos o pañales para bebés… En casi todos los casos, el envase de mayor tamaño sale más caro (por unidad de producto) que un paquete de tamaño inferior. A veces es relativamente fácil de ver, en esos supermercados en los que, en letra muy pequeñita, la etiqueta te indica también el precio por unidad o por kg, de forma que puedes hacer la comparación directamente; en otros casos, tendrás que usar la calculadora (o darle al coco, que el cálculo mental tiene su gracia), pero la conclusión casi siempre será la misma: si os lleváis el tamaño más grande, estáis haciendo el primo. El más económico suele ser un tamaño intermedio.

Hay excepciones: recientemente compré un bote de cola blanca de una conocida marca, y me llevé el tamaño grande (enorme… se me echará a perder, seguro) porque costaba prácticamente lo mismo (¡4 céntimos más!) que el tamaño “normal” (mitad de volumen), que era el que iba a coger de forma casi automática. Así que depende del caso, pero parece que el precio más caro se asigna al tamaño más demandado, independientemente del coste real.

Pero ese caso del pegamento es la excepción, la abrumadora realidad es que los tamaños “ahorro” son más caros. Me parece una soberana tomadura de pelo, y me cabrea bastante. Se aprovechan de la lógica (que un envase único de 2 kg debería costar menos que 2 envases de 1 kg) y de los mensajes de “ahorro” escritos en el producto para timarte literalmente. Sospecho que al final el tamaño grande es el más vendido, por esta falsa idea de que es el más económico, y los fabricantes se aprovechan de ello para cobrarnos más por menos.

Las asociaciones de consumidores e incluso las autoridades deberían tomar cartas en esto, porque esos mensajes de “ahorro” son claramente publicidad engañosa. Aunque me temo que si se denunciara este hecho, más que bajar el precio del envase grande, subirían el precio de los pequeños. No van a querer reducir ingresos…

Entre tanto, yo hace tiempo que no compro tamaños grandes, excepto en las raras ocasiones en que realmente sale más económico. Me disgusta hacerlo, porque va contra el medio ambiente (más envases = más desechos), pero me indigna que intenten tomarme el pelo. Aunque sea por unos céntimos…

11 de septiembre de 2012

Mentiras y más mentiras


Hace un mes a lo mejor me lo habría creído. De eso se aprovechan: de que apenas hay información veraz alternativa, y de tanto repetir algo, todo el mundo acaba por creerlo. En este último mes, he leído un par de libros sobre la crisis económica que me han abierto los ojos y me han indignado muchísimo (próximamente hablaré de ellos en otra entrada). El caso es que, aunque antes algo intuía, ahora sé que gran parte del mensaje reiterativo que recibimos es falso; que es falso que sólo haya una vía para salir de la crisis y que ésta pase por jodernos a todos los ciudadanos; que es falso que estemos “pagando los pecados de una vida anterior disoluta”; que es falsa esta opción que nos plantean de “susto o muerte”. Mentiras y más mentiras.
Ayer volví a indignarme al escuchar de nuevo estas mentiras de boca de Rajoy en su entrevista en TVE. Mentiras, y utilizo esta palabra sin cortarme, porque acepto que uno puede estar equivocado en su forma de enfocar la solución a una crisis, y que puede que ahí no haya verdades absolutas; pero cuando se falsean las razones que nos han llevado a dicha crisis, eso es MENTIR. Con todas las letras.
Ayer oí a nuestro presidente repetir el mantra de los últimos tiempos: lo que nos pasa es porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, porque hemos gastado lo que no teníamos. Eso nos ha endeudado hasta las cejas y ahora todos tenemos que apretarnos el cinturón para salir de ese agujero. Rajoy usó ayer todas esas palabras de forma prácticamente literal.
Eso es MENTIRA. ¿Quién ha vivido por encima de sus posibilidades? ¿Quién ha gastado lo que no tenía? ¿Alguno de vosotros lo ha hecho? Os aseguro que yo no. Ah, que hablamos del gobierno anterior… claro, la excusa de siempre… echamos la culpa a otros, nos excusamos en que su mala gestión ha provocado que ahora no tengamos más remedio que tomar estas medidas tan impopulares, etc. Nos sacudimos el muerto de encima.
Como decía, hace un mes no habría tenido argumentos para no creerlo. De eso se valen. Por eso debemos informarnos todos, por eso me alegro de haber leído esos libros de los que hablaré en otra ocasión. Copio las palabras literales de Paul Krugman, economista norteamericano y Premio Nobel de Economía, muy crítico con las razones que han llevado a la crisis y las medidas que se están tomando para enfrentarse a ella; Krugman habla de esa falacia de que los países del sur de Europa tengan lo que se han buscado (las negritas son mías):

Europa también tiene su propia narración distorsionada, un relato falso de las causas de la crisis que no solo interfiere en el camino de las soluciones reales sino que, de hecho, termina llevando a políticas que solo empeoran la situación.
(…)
He aquí, pues, el Gran Engaño europeo: la creencia de que la crisis europea se debe ante todo a la irresponsabilidad fiscal. Los países incurren en déficits presupuestarios excesivos —nos dice el cuento— y se endeudan en exceso; por lo que, ahora, lo importante es establecer unas normas que impidan que la historia se vuelva a repetir.
(…)
España también tenía superávit presupuestario y una deuda baja. (…) En la figura adjunta se indica la deuda como porcentaje del PIB para un país «promedio» de entre los países que ahora están en crisis: un promedio, ponderado en función del PIB, de las proporciones de deuda/PIB en los cinco países GIPSI (recordemos: Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia). Hasta 2007 inclusive, este promedio descendía de forma sostenida; o sea que, en lugar de transmitir una imagen de derrochadores, parecía que el grupo de los GIPSI, con el tiempo, mejoraría su situación fiscal. La deuda se disparó solo tras la llegada de la crisis.
Pero muchos europeos en puestos clave —sobre todo destacados políticos y funcionarios alemanes, aunque también los dirigentes del Banco Central Europeo y líderes de opinión de todo el mundo de las finanzas y la banca— están totalmente comprometidos con el Gran Engaño y ninguna prueba esgrimida en su contra les afectará. En consecuencia, el problema de hacer frente a esta crisis suele formularse en términos morales: los países tienen problemas porque han pecado, y ahora tienen que redimirse a través del sufrimiento.
Y este enfoque es funesto, a la hora de abordar los problemas reales a los que se enfrenta Europa.
(…)
En gran medida, esta crisis fiscal es un producto derivado del estallido de las burbujas y el descontrol de los costes. Cuando estalló la crisis, el déficit se puso por las nubes; y la deuda también aumentó mucho de golpe cuando los países con problemas actuaron para rescatar sus sistemas bancarios.”

Es decir, NO estamos pagando nuestros pecados (que también los hubo, pero desde luego no fueron nuestros, de los ciudadanos de a pie); la deuda y el déficit no fueron la causa de la crisis, sino que se dispararon COMO CONSECUENCIA de la crisis, y en gran medida debido a las ayudas a la banca, verdadera causante, con sus irresponsables y ambiciosas actuaciones en los últimos años, de esta situación que ahora estamos sufriendo quienes menos culpa tenemos.

Un poco más de detalle, extraído de otro libro, muy inferior desde mi punto de vista al de Krugman, pero que particulariza mucho más en la situación española:

Y, por si faltaba algo, el estallido de la deuda soberana
Como otros países, España hizo un gran esfuerzo presupuestario para hacer frente a la crisis, para ayudar a los bancos y para financiar un ambicioso plan de apoyo. Pero, como la crisis mermaba los ingresos públicos, resultó que en muy poco tiempo se multiplicó el déficit público y aumentó la deuda del Estado.
A diferencia de lo que ocurrió en Estados Unidos, el Banco Central Europeo decidió que no financiaría a los gobiernos (…) y eso los obligó a ponerse en manos de los "mercados" (en realidad, de los bancos y de los grandes grupos inversores que compran su deuda). Éstos aprovecharon la ocasión para extorsionarlos e imponerles reformas que las patronales venían reclamando desde hacía años: en el mercado de trabajo, en el sistema de pensiones y poco a poco privatizando servicios públicos.
Ninguna de estas reformas tiene relación con el origen de la crisis, forma parte de las mentiras con que se le ha dado respuesta pero lo que han producido, en lugar de mejorar la situación económica, es su empeoramiento, lo que dificulta aún más la creación de empleo y provoca un nuevo problema a la economía española que puede terminar siendo intervenida, como la griega, la irlandesa o la portuguesa para "rescatarla", aunque eso en realidad significa rescatar a los bancos para que puedan pagar a sus acreedores alemanes o franceses.

Así que no, señor Rajoy: no me meta a mí en el saco cuando dice que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades o que hemos gastado lo que no teníamos. Ha sido el estallido de las grandes burbujas financiera e inmobiliaria lo que ha movido al estado a ayudar con miles de millones a la banca, endeudándose hasta las cejas en el proceso (y agravado por la caída de ingresos provocada por la propia crisis). Le aseguro que ni yo, ni los que me rodean, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Basta ya de mentiras.

10 de septiembre de 2012

Asuntos propios


Se llamaba casi como este blog; bueno, en realidad se llama, porque sigue existiendo… pero ya no es lo mismo. Ni muchísimo menos.
Me refiero al programa de la tarde de RNE, el que escuchaba en el coche camino de casa, al salir del trabajo. El de “Toni y Tom“ (léase “tonitom”), de Toni Garrido y su compañero “el sueco”, Tom Kallene. Un programa fresco, sin pelos en la legua, en el que daban caña (y mucha) a todo el que se les pusiera por delante. El único sitio donde día tras día escuchaba verdades como puños sobre la crisis, los que nos metieron en ella y los que no son capaces de sacarnos. Un programa que no se casaba con nadie, independiente y plural. Se veía venir que no podía durar: ya se lo han cargado. El programa sigue, pero Toni Garrido, su líder, ha sido despedido. Con él han caído otros muchos colaboradores externos, como “el sueco”.
No ha sido el único: también se han cargado “Los desayunos de TVE”, el programa de la periodista más valiente y agresiva de nuestro país, la que no aceptaba las evasivas en las respuestas, la que hacía preguntas incómodas a políticos tanto de IU como del PP, la que entrevistó a Ahmadineyad con momentos de elevada tensión… Ana Pastor, por supuesto, la periodista temida por nuestros representantes públicos. También se la han cargado.
El tercero era el que escuchaba en mi otro viaje hacia el trabajo, por la mañana temprano, también en RNE: Juan Ramón Lucas, con su programa “En días como hoy”. Otro gran periodista, no tan cañero como los anteriores, pero sí comprometido con el servicio público y capaz de hacer amena y accesible a cualquier público la noticia más árida y compleja. Demasiada independencia.
Cinco años ha durado lo que prácticamente todo el mundo, en todos los ámbitos, ha calificado como el periodo de más libertad, independencia y calidad en la radiotelevisión pública española. Años llenos de premios a nivel nacional e internacional, y con la respuesta aprobadora del público subiendo los índices de audiencia de los informativos hasta el primer puesto del panorama nacional, muy por delante de sus competidores. Unos años en los que la radiotelevisión pública española ha sido comparada a nivel de iguales con la BBC, ejemplo por antonomasia de radiotelevisión pública independiente.
El nuevo director de RTVE (elegido tras una reforma por decreto-ley para permitir que sea elegido simplemente por mayoría, sin la necesidad de consenso político requerida por la aprobación por los dos tercios del Congreso, vigente en la etapa anterior), ha esperado unos meses para aprovechar el despiste de las vacaciones de verano: la mejor radiotelevisión de nuestra historia se la han cargado. RIP.

(Foto: de izquierda a derecha, Toni Garrido, Juan Ramón Lucas, Jordi Évole y Ana Pastor)