17 de septiembre de 2013

[Libros] De acuerdo, Jeeves – P.G. Wodehouse (1944)

Tenía curiosidad por conocer la obra de este famoso autor británico de novelas de humor, pero nunca encontraba el momento, al ser un género que no suele atraerme demasiado. Pero finalmente decidí empezar con la famosa saga de Jeeves, historias de un típico mayordomo británico y su joven amo.

Sinopsis:
Gussie Fink-Nottle se siente mucho más cómodo con las salamandras que con los hombres. El tímido joven las colecciona, se deleita contemplándolas, las estudia y hasta elabora complejas teorías sobre ellas. Se podría decir que sus conocimientos sobre los animalitos son tan vastos como su ignorancia sobre las mujeres. Y precisamente las mujeres o mejor dicho una, Madeline Basset son el origen de todos los problemas de Gussie. El joven se enamora de ella y, claro está, intenta decírselo, pero de sus labios sólo sale una complicada disertación sobre las salamandras. Que, como es de esperar, no interesan en absoluto a Madeline.
Gussie es amigo de Bertie Wooster, y a él acude en busca de consejo. Afortunadamente para el lector, los consejos de Bertie siempre acaban complicándolo todo hasta el infinito. Y es entonces cuando el incomparable Jeeves debe acudir a desentrañar y solventar el lío en que se meten Gussie y Bertie. Solventarlo a la manera de Jeeves, claro está.

Reseña: Típico humor inglés
¿Qué puedo decir de este libro, o serie de libros? (porque, aunque es el primero que leo sobre Jeeves, no creo que se diferencien mucho unos de otros) Pues que es humor británico en estado puro. No busquéis más: el libro no es más que una sucesión de gags, totalmente insustancial, pero ameno y divertido para pasar un buen rato. Humor sutil al más puro estilo de la alta sociedad inglesa, ironía y sarcasmo en estado puro que, si bien no puedo decir que me haya entusiasmado, me ha mantenido una ligera sonrisa a lo largo de toda la lectura. En fin, un libro sin mayores aspiraciones, con un argumento bastante absurdo pero que en el fondo es lo de menos, ya que se trata de un texto para pasar un buen rato leyendo frases ingeniosas y divertidas. Además, su reducida extensión, unido a que se puede leer a ratos (incluso intercalado con otros) sin miedo a perder el hilo, evita que pueda llegar a resultar cansino.

Poco más que decir: los protagonistas principales son un joven señor inglés y su ayuda de cámara; el primero, bienintencionado pero bastante inútil, el segundo, un inteligente y estirado mayordomo acostumbrado a resolver los entuertos en los que se mete su señor. Pero creo que el libro se describe mucho mejor por sí solo dejando aquí unas cuantas muestras de su fino humor británico:

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—Sí, señor. Cada vez que intenta formular una petición de matrimonio le falta el valor para hacerlo.
—Sin embargo, si quiere que esa mujer sea su esposa, tendrá que decírselo, ¿no? Quiero decir que es un caso de educación el hacérselo saber.

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Ya saben ustedes lo que sucede con algunas muchachas. En un santiamén consiguen reducirnos a un estado lastimoso. Hay algo en su personalidad que obra sobre nuestras cuerdas vocales, paralizándolas, y sobre nuestro cerebro, transformando su contenido en una coliflor.

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—Jeeves, ¿lo sabe ya?
—No, señor.
—¿Conoce a mi prima Angela?
—Sí, señor.
—¿Conoce al joven Tuppy Glossop?
—Sí, señor.
—Acaban de romper su compromiso de matrimonio.
—Lo siento señor.
—Este telegrama de tía Dahlia me lo comunica. Me pregunto qué habrá pasado.
—No sabría explicárselo, señor.
—Es natural. No haga el burro, Jeeves.
—No, señor.

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—No llevo intención de criticar continuamente sus tonos de voz, Jeeves. Sin embargo, he de informarle que su «Bueno, señor» carece de respeto y es tan poco simpático como el «¿De veras, señor?». Tanto uno como otro parecen inspirados por un ligero escepticismo. Producen la impresión de sugerir que yo no sé de qué estoy hablando y que sólo un feudal sentido del recato le impide decir en cambio: «Pero ¿qué dice, señor?»

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Tío Tom observará tu falta de apetito y apuesto a que, una vez concluida la cena, acudirá a tu lado y te dirá: «Dahlia querida...», supongo que es así como te llama, «Dahlia querida, he notado que durante la cena no tenías apetito. ¿Qué te sucede, Dahlia querida?» «Mi querido Tom», contestarás tú, «eres muy amable preguntándomelo. La realidad es, querido, que estoy terriblemente preocupada.» «Querida mía...», dirá él...
Tía Dahlia me interrumpió, en este punto, para decirme que, a juzgar por el diálogo, los cónyuges Travers debían de ser dos espléndidos ejemplares de cretino. Deseaba, además, saber cuándo llegaría a la conclusión.


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—Hermoso atardecer —dije.
—Sí, realmente hermoso.
—Hermoso. Me recuerda a Cannes.
—¡Cuan hermosos eran los atardeceres allá abajo!
—Hermosos —dije.
—Hermosos —dijo miss Bassett.
—Hermosos —asentí.
Y con esto quedó agotado el boletín meteorológico de la Riviera francesa.

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—¡Ajá! —dijo.
Fue para mí un verdadero asombro que un individuo dijese: «¡Ajá!» Siempre había creído que era una de esas palabras que se encuentran sólo en los libros, como otras muchas expresiones raras.


Nota personal: Entre 6,5 y 7, porque aunque como libro es insustancial, si uno lo lee sabiendo lo que se puede esperar de él, entretiene y no defrauda. Quizás lea más de Jeeves.


P.D.: Existe una serie británica sobre el personaje realizada en los años 90 y protagonizada por Hugh Laurie y Stephen Fry. A ella corresponde la imagen que incluyo en esta entrada.

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