2 de septiembre de 2014

[Libro] El dios de las pequeñas cosas – Arundhati Roy (1997)

Nada más empezar a leer este libro, su calidad literaria se nota, se paladea. Sin embargo, en los primeros días de su lectura me dio una impresión como de que no había elegido el momento adecuado: el libro estaba muy bien escrito, pero no terminaba de seducirme. Muy “peluche”, muy “bonito”, entrañable, pero quizás no lo más adecuado para las tardes veraniegas…
Qué equivocado estaba. Tuve que llegar casi hasta la mitad (tampoco es muy largo) para sentirme ya atrapado dentro de su lectura, pero a partir de ahí caí totalmente rendido a sus pies. ¡Qué maravilla de libro! ¡Qué forma de escribir la de esta mujer, y qué maravillosa pequeña-gran historia la que nos cuenta en estas páginas! Uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos, sin ninguna duda. Y uno de los pocos que bien merece una relectura.

Sinopsis:
Ésta es la historia de tres generaciones de una familia de la región de Kerala, en el sur de la India, que se desperdiga por el mundo y se reencuentra en su tierra natal. Una historia que es muchas historias. La de la niña inglesa Sophie Mol que se ahogó en un río y cuya muerte accidental marcó para siempre las vidas de quienes se vieron implicados. La de dos gemelos Estha y Rahel que vivieron veintitrés años separados. La de Ammu, la madre de los gemelos, y sus furtivos amores adúlteros. La del hermano de Ammu, marxista educado en Oxford y divorciado de una mujer inglesa. La de los abuelos, que en su juventud cultivaron la entomología y las pasiones prohibidas. Ésta es la historia de una familia que vive en unos tiempos convulsos en los que todo puede cambiar en un día y en un país cuyas esencias parecen eternas. Esta apasionante saga familiar es un gozoso festín literario en el que se entremezclan el amor y la muerte, las pasiones que rompen tabúes y los deseos inalcanzables, la lucha por la justicia y el dolor causado por la pérdida de la inocencia, el peso del pasado y las aristas del presente.

Crítica personal: Un peluche con una bomba de relojería escondida dentro
“Llovía el día en que Rahel regresó a Ayemenem. Hilos de plata inclinados se incrustaban en la blanda tierra y la levantaban como si fueran balas de fusil.”

Cuando uno se encuentra una frase como ésta ya en la primera página, ya sabe que no va a leer a un autor cualquiera. La calidad del texto se respira en cada párrafo, en cada frase de un texto que por momentos es casi pura poesía. Con esa difícil cualidad de resultar bello sin parecer forzado o empalagoso. Sin empachar, en sus dosis justas. Notamos rápidamente que estamos ante la obra de una gran escritora.

El texto nos introduce a una familia de clase media de la India rural, en el estado sudoccidental de Kerala, entre finales de los años 60 y principios de los 70. Se nos presenta la historia de la familia, del reverendo John Ipe, “el pequeño bendecido”, ya que de niño recibió la bendición del Patriarca de Antioquía; de “Pappachi” (“abuelo”), el Entomólogo Imperial, casado con “Mammachi” (“abuela”), la fundadora de la empresa familiar, “Encurtidos y Conservas Paraíso”; de la bajita cocinera “Kochu” (“pequeña”) María, adicta al “pressing catch” vía satélite; o de la hermana de Pappachi, “Bebé” Kochamma, la que se enamoró de un cura y se metió a monja para estar más cerca de él. También la de Ammu, la madre divorciada de Estha y Rahel, los gemelos heterocigóticos. O la de Chacko, el tío de los gemelos, que estudió en Oxford y se casó con una inglesa, al que le gusta presumir de usar traje y corbata. O la de la pequeña Sophie “Mol” (“niña”), la “Querida de Antemano”, con sus pantalones acampanados y su bolsito made-in-England. Y la del intocable Velutha, el inteligente carpintero que podría ser ingeniero si no hubiese nacido paravan… Todos ellos acompañados por el camarada K.N.M. Pîllai, líder comunista local, o el inspector Thomas Mathew, que da golpecitos con su bastón como quien escoge mangos…

Un relato que se desarrolla inmerso en un paisaje tan evocadoramente presentado por Arundhati Roy, que nos parece estar viviéndolo. El río que pasa junto a las casas, la tierra naranja, las mariposas, las hormigas, los niños jugando, “un alechuza”… Las descripciones no sólo son de una belleza literaria como pocas veces se encuentra, sino que además consiguen recrear perfectamente imágenes en la mente del lector. Imágenes de una India rural que en el fondo no difieren demasiado de lo que era la España rural de la misma época. Distinto color de piel, distintos vestidos… pero también con muchos puntos en común en cuanto al paisaje o la forma de vida. Casi como un “cuéntame cómo pasó” made-in-Kerala.

Sí, todo muy bonito, muy entrañable, muy agradable de leer, muy bien escrito… ¿una novela de tipo costumbrista, agradable y literariamente bella? Eso parece… aunque poco a poco el texto deja entrever que hay algo más. Algún secreto. Algún trauma. Algún drama familiar. A medida que leemos, vamos intuyendo que algo pasó, aunque no sabemos bien qué o cómo. A las pocas páginas del comienzo, se nos habla del entierro de la niña Sophie Mol, pero tiene que haber algo más, aunque no sabemos qué…

Y no lo sabemos porque ésta es una de esas novelas “tipo puzle”, como yo las llamo. De esas que saltan entre el pasado y el presente, o que nos van presentando escenas del pasado a trozos y sin orden cronológico. Al principio, unido al uso de algunas palabras en lengua malayalam (pappachi, mammachi, kochu, mon, mol, kochamma…) resulta confuso, pero poco a poco vamos atando hilos. Entre breves escenas del presente salpicadas aquí y allá, el relato del pasado avanza en espiral, dando vueltas a la historia, volviendo una y otra vez a determinadas escenas, aportando cada vez algo más de información de lo que pasó. Una técnica literaria en absoluto novedosa, pero que, a mi parecer, una vez más esta autora la borda.

Pero es que hay más, mucho más. A la pura técnica bien dominada, y al lenguaje poético y bien elegido, hay que sumarle algo que termina de poner la guinda a un estilo literario que, a mí al menos, me ha enamorado: el narrador de visión infantil. Un narrador clásico, del tipo omnisciente y en tercera persona (disculpadme los tecnicismos) pero que automáticamente adquiere alma de niño cuando relata todo lo relativo a la infancia de Estha y Rahel. La magia y la ingenuidad infantiles se apoderan entonces del relato de una forma que no me siento capaz de describir: hay que leerlo. A todo ello, sumémosle una fina ironía, una ácida aunque sutil crítica, continuos toques de humor y mucha, mucha inteligencia… Y tendremos eso, un texto que enamora. ¡¡¿Por qué esta mujer no ha escrito más libros….?!!

Vale –pensaréis–, muy bonito, muy bien escrito, muy mono... ¿Y eso es todo? Menudo coñazo”. Reconozco que al principio me pasaba igual: no llegaba a pensar lo de “menudo coñazo”, porque no lo es en ningún instante, pero los primeros días me pareció que no era el libro que andaba buscando para este momento, que era muy “mono” y muy bien escrito pero poco más… Sí, un libro-peluche. Lo que no sabía era que el peluche tenía una bomba de relojería en su interior.

El tic-tac empieza a oírse hacia la mitad del libro. En realidad, luego te das cuenta de que se oye desde el principio, pero en esos momentos estás demasiado despistado para distinguirlo del ruido de fondo. Hacia la mitad del texto ya estás metido en la historia, ya conoces a los personajes, ya te interesa lo que ocurra incluso aunque no ocurra “nada”… y entonces es cuando ocurre. O cuando vas descubriendo lo que ocurrió. Y el libro te agarra, te zarandea, te estruja, te da dos buenos tortazos y te tira al suelo como un guiñapo. La bomba estalla. Y el corazón se te encoje.

No esperéis un gran misterio, o una gran historia. O sí. Depende. Porque ésta es una pequeña-gran historia. Pequeña, pero con mucho fondo. Con mucha humanidad. Con mucha más mala leche de lo que aparenta. Porque Arundhati Roy puede ser dulce, pero también dura. Porque su posterior faceta de activista política, de luchadora por la igualdad de la mujer o defensora de los derechos humanos, está también en el texto. A través de una ácida crítica social envuelta en terciopelo.

Un libro maravilloso. Una gran obra literaria, tanto en el fondo como en la forma. Una delicia para paladear. Un libro que no se olvida. Aunque cueste un poco entrar en él. Pero el esfuerzo se ve recompensado con creces. Probablemente, uno de los mejores libros que he leído. Aunque sólo trate sobre pequeñas cosas.

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